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¿Quién es Andrea Rionda Jean?

Andrea Rionda Jean es Psicoterapeuta humanista y Gestalt, maestra de Yoga y movimiento somático con más de 1000 de horas de formación especializada en adicciones, trastornos de la conducta alimentaria, obesidad, ansiedad y estrés. Escritora y conferencista imparte talleres enfocados a la prevención y sanación de TCA, manejo de autoestima, alimentación consciente y aceptación corporal.

Mi autobiografia en cuento

Mi Romance con la Bulimia Nerviosa

Mi romance con Mía (#La bulimia)

Hace muchos años, un 30 de noviembre—fecha en que ahora se conmemora el Día Internacional de los Desórdenes Alimenticios— nació una niña a la que llamaron Andrea y no sé si por casualidad o por destino, ella pasó la mayor parte de su vida combatiendo diversos desórdenes alimenticios, en especial la bulimia nerviosa.

Esa niña soy yo. No creo en las casualidades y me siento muy afortunada de haber podido salir de ese tremendo ciclo autodestructivo. En mi lucha encontré muy poca información útil y opciones de tratamiento efectivo a mi alcance, por eso decidí escribir este cuento, el libro y el canal @bulimicaperfecta . Espero que al contar mi historia y compartir las herramientas que me han ayudado a lo largo de mi proceso de sanación, ayude a acompañar, prevenir o sanar a quienes, como yo, se equivocan de camino en la búsqueda de aceptación y cariño, y viven en guerra con su cuerpo y con la comida, convirtiéndose en sus peores jueces, ciegos a su belleza y negándose la oportunidad de disfrutar plenamente la vida.

Mi nacimiento no fue muy bien recibido, el día de mi nacimiento también era santo de mi tío Andrés, hermano de mi madre, quien había muerto 2 años antes en un accidente de coche a los 15 años, con la fecha desperté la tristeza, sobretodo en mi madre quien entro en una fuerte depresión y no pudimos vincularnos, crecí en un ambiente de lujos pero de gran soledad, con un gran vacío que no sabia como llenar, comencé a culparme por no saber como generar el amor que necesitaba.

Estaba convencida que había algo mal en mi, a los trece, mis padres me llevaron a hacerme un tratamiento para crecer ya que consideraban que mi estatura era demasiado baja; el doctor pensaba que

ya no crecería, ya que estaba bastante desarrollada, pero aun así, me dieron un tratamiento hormonal y me atiborraron de vitaminas. Después de diez meses no había crecido ni un centímetro, sin embargo, había engordado cerca de diez kilos. Al notar esto, mis padres se preocuparon ahora por mi peso. Ya no era solo chaparra era chaparra y gorda. Me llevaron a una infinidad de dietistas que me ponían regímenes súper estrictos –que no podía seguir porque me mataban de hambre–.

Mi madre era bailarina y yo la veía con gran admiración; no entendía por qué no había heredado ni su cuerpo delgado ni sus bellos ojos verdes. Yo, en cambio, era muy atlética y fuerte, pero no me consideraba guapa; adoraba la naturaleza y correr me hacía sentir bien, era bastante veloz y en la escuela formaba parte del equipo de atletismo. Entrenaba muy duro, había logrado ganar las competencias estatales y regionales de cien metros planos y me estaban preparando para las nacionales. Sin embargo, mis entrenadores notaron también mi aumento de peso y me pidieron que me pusiera a dieta.

Yo comencé a sentir el rechazo y se lo atribuí todo a mi cuerpo, me castigaba con dietas pero no las podía cumplir, la comida era mi único escape.

No sé por qué razón, pero para mí era muy fácil contraer el estómago para regresar la comida que acababa de ingerir. Fue entonces cuando se me ocurrió ir a conocer a #Mía: la bulimia. Pensé que sería muy sencillo escupir algo de comida todos los días para perder peso sin tener que hacer dieta. Creía que había encontrado una solución genial, decidí acelerar el proceso y en lugar de escupir, comencé a vomitar (algo que podía hacer con bastante facilidad). Pensé que de esta manera podría comer todo lo que me habían restringido durante meses y no engordaría. Al principio pareció dar resultados. Reduje de peso y comencé a recibir comentarios de reconocimiento y aprobación, por primera vez en vida. Sentía que hacia trampa y no me sentía muy bien, pero tenía tantas ganas de poder ser linda y atractiva que me comprometí con Mía costara lo que costara. 

Mía tenía muy mala fama en las redes sociales y en los libros de salud, pero pensé que conmigo sería diferente; yo podría decidir cuándo parar. Además, le estaba muy agradecida por haberme quitado un par de kilos de encima y, junto con ellos, las críticas de mis padres y entrenadores. Mía  me hacía sentir ligera y me decía que mi cuerpo era más atractivo cuando la frecuentaba; me animó a salir a fiestas y me sorprendí cuando vi que había chavos que sí se fijaban en mí. Ella me convenció de que era gracias a ella que tenía éxito y no dudé en empezar con ella un apasionado y tormentoso romance que duraría muchos años.

Al principio sólo nos veíamos de vez en cuando; me escapaba a verla después de una cena muy abundante o para contarle que me había excedido en el postre. Pero ella me convenció de que nos debíamos ver más seguido, incluso sugirió que deberíamos vivir juntas, y yo acepté. Se mudó conmigo y me exigió atención después de cada comida. Cuando se divorciaron mis padres, ella me escuchaba, me pedía que me alimentara para reconfortarme y luego me invitaba a ir con ella para hacerme sentir ligera; a través de Mía podía deshacerme de toda mi tristeza y enojo.

Mi cuerpo se acostumbró a ella; me exigía cada vez más y más comida, subí de peso y no lograba sentirme satisfecha con nada. Me di cuenta de que era mentira que Mía me hacía adelgazar. Le pedí un break, pero ella me hizo pensar si la dejaba me haría engordar como nunca y se encargaría de que nadie se fijara en mí. Me hizo prometerle que nadie se enteraría de lo nuestro, me prohibió contarlo a mis amigas y a mi familia. Yo accedí sin peros ya que nuestra relación me hacía sentirme muy avergonzada.

Me hizo jurarle que si nos descubrirían lo tendría que negar todo y que, pasara lo que pasara, jamás la abandonaría. Se comenzó a volver posesiva y estricta. Odiaba que viera a mis amigas o saliera con chicos y siempre me hacía pesarme y medirme. Era muy contradictoria: me decía que tenía un cuerpo muy bonito gracias a ella, pero cuando quería salir me hacía ver todas mis imperfecciones y me convencía de no hacerlo por gorda. Me prohibió seguir con mis entrenamientos y, para obligarme, me causaba mareos y me hacía sentir débil.

Conforme pasaron los años, las cosas fueron empeorando. Recuerdo que una vez, después del divorcio de mis padres, me pidió ir a verla cien veces en un día. Acabé agotada y me comencé a dar cuenta de que no era tan buena como yo había creído: me había alejado de mis amigas del atletismo, no me dejaba concentrar, me hacía sentir triste y frustrada, irritaba mi garganta e intestinos, se robaba mi periodo algunos meses y hasta comenzó a meterse con mis dientes, aunque sabía lo mucho que yo odiaba a los dentistas. Cuando nuestra relación llevaba unos ocho años, conocimos juntas a Luis. A las dos nos gustó mucho y algo se alineó en el universo porque yo tenía planeado ir con todos mis compañeros de trabajo a un bar de moda, pero solo nos dejaron entrar a Luis y a mí. Como no había ningún otro conocido, platicamos por horas, bebimos, bailamos, jugamos futbolito… él no perdía pretexto para rozar mi mano; me invitó a ver las estrellas y nos besamos. Sentí escalofríos en la piel y una certeza como nunca la había tenido de que quería estar con él.

El sentimiento fue mutuo y nos hicimos novios. Mi vida volvió a brillar: me sentía tan plena que comencé a olvidar a Mía, pero ella se puso súper celosa; rompí con ella por unas semanas, pero me di cuenta que había saboteado mi sistema digestivo para que ya no pudiera digerir adecuadamente. Me daba vergüenza ir al doctor (¿cómo le explicaría?) y no tuve más remedio que seguir mi relación con ella por más tiempo.

Luis me pidió matrimonio y nos fuimos a vivir juntos. Todo parecía felicidad pero Mía se volvía cada vez más hostil y violenta conmigo. Se ponía furiosa cuando Luis y yo hablábamos de tener una familia porque sabía que ella no estaba incluida en esos planes.

Le supliqué que me dejara si yo me embarazaba porque no había nada que quisiera yo más en el mundo que tener un bebé sano; tenía muchas ganas de dar amor y recibirlo. Pero por más que la insulte y la corrí de mi casa, no me dejó. Me hacía pensar que ya se había ido, y de repente regresaba cuando veía aterrada frente al espejo mi cuerpo de embarazo que estaba en expansión; me prometía quitarme la indigestión, la pesadez (solo un poquito, lo mínimo, sin dañar a nadie), pero luego me trataba de mala madre, decía que yo era un ser asqueroso y vergonzoso, se reía de que había caído en su juego y se iba un tiempo para regresar con más furia.

Mía se equivocaba, ya que aun con los kilos que subí por el embarazo, a Luis le seguía pareciendo atractiva. Me di cuenta que lo que me decía la bulimia eran puras mentiras: ya no le creía, pero no podía sacarla de mi vida; no podía frenarme, me observaba como un robot sin que yo pudiera parar mis pulsiones. La situación llegó a un punto en el que me rendí: recé y lloré, pero no fue suficiente. Gracias a Dios y contrario a mis miedos y a las profecías de la pinche bulimia, tuve dos hijas hermosas y sanas.

Para ese entonces casi llevaba veinte años de relación con ella, sabía que mi vida estaba en riesgo y mis hijas me motivaban a querer sanar, pero me sentía completamente impotente. Intenté dejarlo con varios tipos de terapia y tomé antidepresivos, pero no podía frenarme. En mi búsqueda de opciones comencé a estudiar psicoterapia humanista para intentar curarme.

Justo después de tener a mis hijas, la misma Mía me sugirió algo que me ayudaría a abandonarla: me convenció de inscribirme a un gimnasio, ya que siempre me decía que estaba gorda. Fue ahí en una clase de yoga que me di cuenta que cuando conectaba con mi cuerpo y mis sensaciones podía sacarla de mi mente. Entendí que para dejarla tenía que trabajar en mí, conectarme conmigo misma y mandar a la fregada las valoraciones y los juicios externos. Inicié la práctica –regular y constante– de yoga y meditación y comencé a sentirme más fuerte.

Para romper con Mía era necesario que enfrentara los temores que me ataban a ella. Mis principales miedos eran:

  1. Aceptar que tenia Bulimia y hablarlo.

Romper el secreto: La Bulimia es como un vampiro al que debilita la luz y si la expones pierde fuerza. Hay que aceptar que hay batallas para las cuales es mejor hablar y pedir ayuda, yo hubiera podido sanar mucho antes si hubiera buscado apoyo externo, pero la Bulimia como otros trastornos no nos dejan ver lo peligrosos que son y nublan nuestra percepción, nos impiden ver nuestra propia belleza, y el cariño de quien nos rodea .

Yo confesé ante mi familia que tenía bulimia, y en lugar de rechazo recibí cariño, cercanía y admiración por enfrentarlo.

Al aceptarlo me quite un gran peso de encima, no era yo perfecta pero podía finalmente atreverme a ser  yo misma, a partir de ese momento ya no tenia nada que ocultar.

Me sentí libre, valiente y me di cuenta que contaba con apoyo en caso de necesitarlo. 

  1. Engordar

Me daba pánico engordar, en los últimos años no comía tanto, vomitaba y hacia mucho ejercicio y aun así no era delgada, por lo que pensaba que si frenaba mis comportamientos me volvería obesa, y tenia miedo a ser rechazada por eso.

Enfrente ese miedo y me atreví a comer regularmente,  no negaba mi hambre y en lugar de restringir añadí comida sana a mi vida, lo cual hizo que los atracones disminuyeran, que mi mente dejara de obsesionarse con calorías y me sentí fuerte y viva, mis relaciones se hicieron más Fuertes con energía para disfrutar la vida.

3.Responsabilizarme

Mi vida estaba llena de culpables, yo era la víctima,  sobre todo de La Bulimia, porque por tenerla no me sentía valiosa ni tomaba riesgos, restringía la comida pero también las aventuras y el gozo. No ponía límites ni a los atracones ni a las purgas ni a las personas tóxicas en mi vida. Ni me atrevía a pedir lo que necesitaba.

Al romper con ella tenía la opción de quedarme de víctima encontrando más culpables o tomar la responsabilidad y comenzar ahora a nutrirme de lo que realmente le hacía falta a mi vida y volverme la creadora de mi felicidad.

No quiero mentirles el divorcio de Mía no ha sido un proceso fácil. Hay días buenos pero otros no tanto, en lo que regresan a mi mente los pensamientos que me ataban a ella, que me dicen que no soy suficiente y debo de cambiar, pero he aprendido a ser paciente, a ver que detrás de estos está mi niña herida buscando amor y aceptación. 

Ten cuidado porque he escuchado que Mía está furiosa de que la haya echado de mi vida y está buscando desesperadamente jovencitxs que la oigan y le crean para tener nuevos amoríos. Pública en los medios imágenes de cuerpos perfectos y hace creer a las inocentes que solo con cuerpos así y haciendo dietas y cosas que te dañan puedes aspirar a ser feliz y ser amadx. Si se mete en tu mente y te trata de fex y gordx, no le creas. Recuerda que la verdadera belleza consiste en brillar siendo quien tú eres.

con cariño

Andrea Rionda J

redes: @bulimicaperfecta

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